Textos

Mind or mapping

sample mind map

 

En el último tiempo me he topado con varios artículos sobre los beneficios de la creación de mapas mentales (mind mapping). Parecería ser que se está investigando el modo de implementarlo en inteligencia artificial y otros medios de avanzada como forma de elevar los niveles de asistencia al cliente, tratamientos de enfermedades mentales, etc. Básicamente se trata de hacer el mapeo de lo que se nos pasa por la cabeza en un momento determinado y tratar de hallar un patrón. O eso fue lo que comprendí viendo las imágenes de internet. Me resultó una idea interesante y allí partí yo a mi escritorio -no demasiado lejos pero partir es un verbo que me gusta bastante- con mis marcadores y mi hoja de 300gr.

Comencé por el centro. Lo que creí que sería el centro. Pero a medida que avanzaba las ramificaciones comenzaron a expandirse en todo sentido sin control. Lo que debería obtener una cierta semejanza con el fluir de la información entre neuronas, una conexión comprensible entre el pasaje de un elemento a otro, se fue convirtiendo en un nudo. Pero no un nudo as de guía, práctico, que sabe aliviar la tensión. Este era un nudo constrictor, de esos que puede que no lo desates jamás no importa cuánto lo intentes. Y hasta doble.

No hay caso. A mí me robaron el GPS al nacer.

Diciembre

Mi madre no tenía la sonrisa fácil, pero ese día rio con ganas y es uno de mis más lindos recuerdos. Era una mujer de ritos y manías. Por ejemplo, fines de diciembre. Resultaba totalmente inadmisible comenzar un nuevo año sin deshacerse de los restos del anterior. “Lo que no se usa dos o tres años, se va de mi casa”, decía. Ocurría que luego de deshacerse de algún objeto se lamentaba a los pocos días pues lo más probable era que entonces le hiciera falta. Y ya era tarde. Entonces maldecía su mala suerte con palabras que yo adoraba escuchar de su boca pues eran escasas las oportunidades en las que se permitía un insulto o consentía soltar su lengua a gusto, dejando adivinar cierta pasión oculta, la sangre que corría por sus venas, que yo intuía y ella luchaba por mantener bajo llave, como si se pudieran almacenar también los sentimientos, clasificarlos, ordenarlos, sacarles el polvo y hasta regalarlos. Entonces juraba que ya no volvería a tirar nunca más nada y esa promesa le duraba exactamente trescientos sesenta y cinco días si no era año bisiesto. Algunas cosas se las llevaba Alfonso para la gente del campo, otras se donaban y muchas acababan en la basura. Era incapaz de cumplir su promesa y volvía a hacer lo mismo cada año como si alguien le cobrara por metraje el espacio que ocupaban en casa que, además, hacía tiempo le pertenecía a ella y no al banco.

Memos

Un libro es una historia con al menos un personaje o un tema principal.
En varias de mis memorias de infancia, el personaje principal es el libro en sí mismo.

Salgo del médico con mi madre. En el quiosco de la esquina hay siempre varios tomos de una colección cuyo nombre no recuerdo. Mi madre me lleva a elegir uno y espera mientras enciende un cigarrillo. Yo no sé cual elegir. Los quiero a todos. Se trataba de una familia de ratones muy muy pequeñitos. En la tapa de uno de ellos se va a la familia que duerme dentro de una caja de fósforos. Recuerdo ahora que también tenía en mi casa La pequeña vendedora de fósforos, pero siempre lo dejaba por la mitad porque me ponía muy triste. No sé si alguna vez acabé de leerlo entero. Elijo mi libro y mamá paga. Para un taxi y regresamos a casa. Mi madre nunca aprendió a manejar ni a andar en ómnibus. Llegamos a casa. Por varios días no puedo ir a la escuela. Tengo que estar en reposo. No viene cuando la llamo. Mi madre está siempre ocupada no sé bien en qué. La molesto.
Acabo el libro en un par de horas. Ya no tengo qué hacer. Me quedo sola en mi habitación e imagino.
Mi madre tiene ahora 71 años y vive sola. Está rodeada de libros que no le interesan. Eran de mi padre. Me llama y yo trato de ir aunque esté ocupada. No sé bien por qué.

A una cuadra de mi casa en Montevideo abrieron una librería pequeña con libros importados que no se encuentran en otro lado. La recuerdo más larga que ancha y con mucha luz. Una librería alegre.
En los estantes de abajo de un sector tienen algunos tomos de una colección en la que la heroína es una chica rubia de unos 20 años. Es hermosa y anda en moto. Cuando sea grande quiero ser como ella. Hermosa, valiente y decidida. Tengo que elegir.
Mi padre me espera mientras conversa con el dueño del local. Me decido por uno de la chica rubia y otro de Asterix y Obelix. Nos vamos los dos felices. No recuerdo qué compró él. Volvemos caminando a casa. Ël me toma de la mano. Yo llevo mi bolsa en la otra

Mis abuelos han venido a mi cumpleaños. Vienen a casa a saludarme. El festejo es más adelante, en Agosto, aunque yo cumpla en Mayo. Mis padres festejan los dos cumpleaños juntos, el mío y el de mi hermano, para que salga más barato. No recuerdo que hayamos pasado carencias económicas entonces. Estas llegaron despúes. Siempre me traían libros mis abuelos. Uno o dos ejemplares de Los Cinco. Tenía toda la colección. La de los Cinco y la de los Siete secretos, de Enid Blyton. Yo quería ser Jo.

Cuando tenía yo 8 años murió mi abuela. Yo la amaba. Mi terror a la muerte tornó mis noches en un infierno. Mi padre quiso que me sintiera comprendida y trajo un libro de poesías a mi cuarto. Rubén Darío. Me habló de Lo Fatal y yo me lo aprendí de memoria.
Es el único poema que puedo recitar todavía sin temor a equivocarme y han pasado 40 años.

En el living de mi casa había una gran biblioteca. Yo nunca tuve buena memoria para títulos y autores, pero siempre supe si había leído algo en algún lado y todo lo que tenía que hacer era trepar para demostrar mis argumentos.
Si durante alguna conversación alguien decía algo y yo se lo refutaba, me subía a los estantes de la biblioteca y demostraba que lo que estaba sosteniendo era verdad. Era un método que nunca me fallaba. Los libros me hacían feliz. Creía en ellos con una fe total y absoluta.
Con los años comprendí que los libros también mienten, pero a ellos he sabido perdonarlos.

Primero y último

La última vez que miré el reloj eran las 4:08am. Unos minutos antes escuché los pasos de mi hija en la cocina. Siempre regresa con hambre. Intentó no hacer ruido. La oí igual pues no conseguía dormirme.
10:15am – abro los ojos y miro el reloj. Lo primero que me ocupa es que es tarde y debo sacar a la perra. Me entero de que A. tuvo la delicadeza de hacerlo y no aguardar que me levante. Recuerdo mi último sueño: mi madre se quedaba sin pastillas para dormir y me llamaba mi tía para que le consiguiera.
Escribí dos torpes poemas esta noche,pocos minutos antes de dormirme. Poemas tristes sobre la soledad. Es lo que tiene el insomnio, la noche, la oscuridad.
Hay otros silencios más claros.
Me vestí. Ahora la casa aguarda. Nunca tanto como yo. Yo aguardo hace siglos.
Me preparé un jugo de naranja. Me hace falta el café. Mejor evitar la cafeína al menos por hoy.
Hace ya días que me cuesta dormir. Mi cabeza se entrevera con facilidad y es imposible conocer al otro del todo. Es triste. Mucho más que el coronavirus.
Hoy no leí las noticias. Me cansa. Me cansaron. Me cansan. Pero es un cansancio que espabila.
A. sale a hacer mandados y yo barro el piso siempre cubierto de cabellos animales. Tienen suerte pues las amo.
Siento el cosquilleo en los dedos y me digo que, antes que nada, necesito escribir estas líneas. Primero lo primero.

Los hijos del casi seguro

Casi nos vamos. México. Pero al final no. Yo yo estaba imaginando mi rutina: gimnasio todos los días y retomar la escritura al ritmo de 4 o 5 horas diarias. No haría falta tener un sueldo fijo por mi parte para ganarnos el pan. El pan que no como, la chica que me ayudaría con la limpieza con la que acá no cuento y ni falta que me hace, las horas de lectura que acabaría perdiendo en la manícura, el tiempo que digo que no tengo porque lo gasto en mirar el techo y pensar en lo bueno que sería irnos a vivir a otro lado. Alcanzaría con un sueldo. Sería fantástico. Viajaríamos con los chicos todos los fines de semana a un lugar distinto y aprenderían una nueva cultura. Me pusieron sobre aviso de la violencia. Dije que también acá hay violencia. Pero de otro tipo, me dijeron. Es cierto. No sé cuál es peor. Dijeron que no se puede manejar tranquilo allá, que te roban, que hay muchos asesinatos. Acá también me roban. El gobierno, que es alguien en quien uno debería poder confiar. Es como cuando el que te viola es tu tío o tu primo o tu padre. Una pierde la confianza en el futuro si aquellos que más deberían cuidarte te descuidan. Por eso empezamos a cansarnos y calculamos que irnos estaría bien. Al menos por un tiempo. Ya nos íbamos a arreglar. Pero al final no pasó nada y nos quedamos. Algún día tal vez nos vayamos atrás de nuestros hijos como se fueron nuestros padres tras nosotros. Y nuestros hijos se irán a otros sitios como nosotros pensábamos irnos y volveríamos a preguntarnos por qué fue que nos fuimos en primera instancia; por qué uno siempre está queriendo irse de todos lados: del trabajo, del barrio, de los amigos, de la pareja, del planeta. Para querer volver al mismo trabajo cuando te das cuenta que son todos una mierda, al barrio cuando descubrís que los vecinos no paran de hacer ruido en todas partes, a los amigos cuando ya no sabés cómo contar tus cosas porque aprendiste a hablar sola, a la pareja que acabó por casarse con otra y al planeta, que en cualquier momento acabaremos por destruir.

Me llevó mucho tiempo comprender, como se aprehende, que las cosas importantes de verdad llevan mucho tiempo. Que lo que llega rápido, rápido se desvanece. Y no necesariamente porque desaparezca, literalmente hablando,sino porque el valor otorgado será casi siempre -y bien es que así sea- directamente proporcional al esfuerzo que la obtención de dicho beneficio nos ha exigido. Si está presente pero no es valorado es casi como si no estuviera. No será un logro. Será un regalo. Nada de lo que sentirse orgulloso. Como la belleza que nos toca o no en suerte. El logro será saber ver la belleza más allá de lo estipulado, más allá de las normas. Más allá incluso de nosotros mismos. Y eso, también lleva tiempo.

Uno de esos días

Hoy fue uno de esos días que deberían acabar apenas comienzan.

  • Es el día internacional en recordación al Holocausto.
  • Mi perra, con la que ya no sé qué más hacer ni si debería buscarle un nuevo hogar, se comió lo único que tenía de mi abuela: una cajita pequeñita hecha de huesos y metal. Mi abuela se escapó de los nazis. No podría mi perra haber elegido peor día…
  • Continuando con mi perra, luego de acabar una semana de extremo cansancio, y una vez que acabé de limpiar el piso, a Olivia -así se llama- se le ocurrió orinarse en la cocina.
  • El extremo cansancio se debe a un proyecto que venimos realizando en el trabajo. Hoy subían al sistema toda la información y sabríamos si todo estaba bien o no. El resultado fue bueno, pero aún tendré que hacer unas correcciones el domingo y ya no me quedan más ganas ni fuerzas para el mismo. Mi jefa envió cuatro mensajes, todos de urgencia, todos para hacer el domingo por la mañana (???)
  • Uno de nuestros mejores amigos está internado tras una cirugía y no sabe si podrá volver a caminar.
  • Al volver de hacer los mandados, caí en la cuenta de que dejé una bolsa con dos pantalones (uno de ellos a estrenar) sobre uno de los estantes del supermercado. Los había ido a buscar a la costurera. Como todo cierra temprano los viernes, no sabré hasta mañana por la noche si los podré recuperar.
  • Mi padre no está pasando por un buen momento.
  • Tras un año y medio de espera e insistencia, el editor de mi segundo libro -que no es el mismo del primero- envió el manuscrito para ser corregido antes de la edición. Justo ahora, una de las épocas más complicadas y estresantes en años. Tampoco él podría haber elegido peor momento.

Me voy a dormir.