Textos

Añoranza

Tres años, viejo, y todavía espero que vengas a recibirme cuando voy por tu casa.  No fui ayer al cementerio. No solo porque vos no creías en toda esa cuestión de los entierros y las lápidas, sino porque prefiero ir por allí el día de tu cumpleaños. Y sí, nada me impide ir dos veces al años o ir todas las semanas. Pero como en muchas otras cosas, resulta ser que también en eso me parezco a vos: no siento ninguna cercanía con el mármol y la tierra ya te convirtió en otra cosa. En todo caso, como tan acertadamante dijo hoy tu otro hijo, el argentino, estás mucho más presente en las plantaciones del kibbutz adonde llevabas a tus nietos de la mano y de donde regresaban triunfantes con una gran provisión de naranjas.

Día

La rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos

A.Pizarnik

Vivo por día, porque ya sé de sobra que es mejor así. Hay días que acaban y me digo (y lo digo en voz alta para quien quiera oírlo) “hoy tuve un buen día”. Y lo acompaño con una sonrisa satisfecha y sincera. Me sirvo una copa de vino tinto, agarro un libro y leo un cacho.
Hay otros, como hoy, que preferiría olvidar. Me digo y lo digo en voz alta para quien no quiera escuchar también. Se lo digo a mi hijo y me dice que sabe perfectamente de qué le estoy hablando. A los dieciseis años uno ya debe saber lo que significa tener un mal día, sin duda, para no convertirse en un imbécil. Le pido que me diga algo lindo. No se asusta como antes. Le doy tiempo para pensarlo. Me voy al gimnasio y el cuerpo no me responde igual que siempre. Estoy agotada, las piernas no colaboran.
Cuando regreso le recuerdo a mi hijo que espero. (Qué acertado el verbo esperar en español, uno tiene la esperanza de que eso que ansiamos o necesitamos ocurra mientras aguarda. En hebreo no tiene la misma correlación.) Le cuesta, obviamente. Pero no cedo y me pregunto si es correcto lo que estoy haciendo, tanta presión en un adolescente… Cuando estoy por decirle que lo deje, que no importa, consigue regalarme una sola frase. No hace falta más que eso a veces, unas pocas palabras, para traer consuelo. O una mirada, un abrazo. Ya me siento un poco mejor.
Se lo digo a mi marido aunque no haga falta que le diga nada, por el placer de decir que tuve un día de mierda. Sabe lo que necesito. Tiene un magnífico playlist de jazz y blues que efectivamente hace lo suyo en mi estado mental. Mientras escucho música tirada en un sillón del living descansando el alma, recibo un email que me regala una sonrisa satisfecha y sincera, como la de los buenos días. Porque el día se ha tornado de pronto en eso.
Me sirvo un poco de vino tinto, agarro un libro de Pizarnik, leo un cacho y escribo estas líneas.

Batallas

Salgo de la habitación y los encuentro
apoyados contra la pared a mis fantasmas.
Sus dedos sin huellas dactilares
no dañan la pintura. Me ven y se retrepan
en el sillón más ancho
los pies enormes sobre la pequeña mesa.
Tienen hambre y les ofrezco
dos trozos de pastel recién horneado.
Prefieren mis entrañas de alimento.
Si acaso al menos eligieran mi cerebro,
el pensamiento en bucles.
Están allí, cercanos, mis poetas. Se lanzan
de la biblioteca abiertos. Comienza la batalla.
Yo vomito y libero mi desasosiego en parte
y débil ahora me abandono
a preguntas que nunca he formulado
a fórmulas que nunca he comprendido.
(Los números complejos se esconden en las raíces. 
Allí también se refugia la ternura más amada.)
Relegar las palabras que no me he perdonado,
eso quiero. Aliviar esta urgencia 
del paso anodino. 
No soy tierra ni polvo apenas barro como mi padre. 
Mi padre que pocos días antes de morir 
quiso entender y preguntó y agradeció.
No puede un agradecimiento ser tan triste
ni venir cargado de tal remordimiento
sin hundirte en la culpa.
No lo pudiste salvar de sus fantasmas.
La última cena fueron sus ojos azules
clavados en la memoria. Ahora es mi turno.
Me disputan mis aliados y enemigos,
poetas y fantasmas de mi profana creación.
Me alejo de tema y siempre retorno a los mismos,
tatuada e imborrable mi frágil fortaleza.
Otros han dicho quién soy mucho mejor que yo misma.
Recuerdo que una vez me dedicó unos versos
un chico perseguido por sus bestias.
Nunca supe qué fue de sus entrañas,
si yo me las llevé aquella mañana
durante una visita inadecuada,
apoyada contra una pared blanca tampoco dejé huella.
Los poemas y los textos deben medirse en la boca, dijo
y leyó:
“Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li.Ta” *
Ahora en cambio esta seguridad tan neutra,
la cobardía, la duda sin sorpresa.
La que no supe ser reclama sus memorias. 
He oído a otras mujeres hablar del comienzo 
cuando ya nadie depende de una ni una misma.  
Tuvieron las sabiduría de no darme consejos.
Tan solo su sonrisa
sincera, feliz, recuperada, convertida en amuleto.
Ya se van y tengo sueño.  Un verso
me sigue y se acomoda 
donde el colchón se hunde bajo el peso de mi cuerpo.

* comienzo de la obra Lolita, Vladimir Nabokov 

שריות של החיים

מה הזמן מסמן לי
זה הכל שאריות של החיים
ולחיות את הרגע
להתחיל לאסוף את השברים

אולי אצא יותר אתחיל קצת למהר
להתחיל להסתדר ולעשות קצת רעש
אולי מקום אחר מקום יותר בוער
להתחיל קצת לקלקל ולתקן עוד פעם

מילים ולחן: עידן רייכל

El preso de la celda 45

«Éramos como hombres que a través de un pantano
de inmunda oscuridad a tientas van.
No osamos murmurar una plegaria
ni tampoco alentamos nuestra angustia,
algo muerto se encontraba en nosotros
y eso muerto era la Esperanza.»

Balada de la cárcel de Reading, Oscar Wilde

Dicen que en una celda las dimensiones, tal como las conocemos, se ven alteradas por la falta de espacio y la prolongación del tiempo. También oí decir que la soledad extrema nos acerca a las bestias. Corroboré ambas observaciones cuando me contaron la historia del preso de la celda 45 pocos meses después de mudarme aquí. Mi vecina me habló de él a causa de una pregunta que le hice.

«Todo empezó por una gata que se metió en su celda cuando estaba en el sector común con el resto de los reclusos. Estaba completamente prohibido tener animales en la cárcel; pero el preso de la celda 45 decidió no cumplir con la regla y escondió a la gata. Dicen que la escondía entre las sábanas, o en el inodoro, o debajo de su catre. Según la hora del día. Y la gata no aullaba, como si supiera que abrir la boca le habría costado la vida. O tal vez era muda, eso no lo sé. A los efectos, es lo mismo: la gata guardó silencio.» El preso comenzó a bajar de peso rápidamente. Lo llevaron a la enfermería. El médico no encontró motivo alguno de alarma. Dijo que el preso de la celda 45 estaba en relativo buen estado de salud y dio el diagnóstico por definitivo. Así que lo devolvieron a su celda y continuó bajando de peso.

La gata, en cambio, estaba cada día más gorda. El preso creyó que su aumentado volumen se debía al exceso de comida. Pero una madrugada la gata tuvo crías. Y el preso, que no había visto gato a la redonda, lo consideró un milagro. El problema fue que las crías no eran mudas ni tampoco supieron comprender la situación a tiempo. El maullido alertó a los carcelarios y el centro penitenciario dio orden de desalojo inmediato a los siete cuadrúpedos (seis crías y la gata-madre).

La historia no habría pasado de allí si el preso de la celda 45, condenado a cadena perpetua por doble homicidio, hubiese aceptado la situación. Pero la cosa no ocurrió así: se opuso a la extradición de los felinos como si fueran su familia. La gata fue deportada de la prisión a la Asociación Protectora de Animales junto con sus crías (según se comenta, uno de los carcelarios que estaba al tanto de lo sucedido, conmovido por las circunstancias, decidió adoptarlos días más tarde) y el preso de la celda 45 fue castigado a dos días en la mazmorra por desacato.

«Dicen que cuando regresó a su celda ya no era el mismo, que desde que le quitaron la gata no volvió a ser el de antes, que ya no se comunicaba con nadie, que empezó a perder el equilibrio mental y que, cuando le hablaban, cerraba los ojos con fuerza como si quisiera desaparecer. Murmuraba cosas extrañas, inentendibles. Otras veces se quedaba largas horas sentado en su cama, acariciando la vieja frazada con la que había escondido a la gata durante el tiempo que compartieron celda. Lo volvieron a llevar a enfermería y el médico volvió a decir que estaba en buen estado de salud. ‘¡Pero si hasta ha aumentado de peso!’, dijo. Y dijo que no había ningún inconveniente en enviarlo de regreso a su celda», continuó la vecina.

La confirmación de que el médico se equivocaba tuvo lugar durante un almuerzo. A la vista de todos, el preso de la celda 45 se arrancó los ojos con una cuchara. La pregunta es cómo alcanzó a quitarse los dos antes de que alguien lo detuvieran. Porque quitarse un ojo sin que los demás se percaten antes es una cosa, pero quitarse los dos ya pone en duda la condición humana de los observadores. Tras unos días de recuperación en que permaneció en el hospital, regresó a la prisión ciego.

Días más tarde, ya entrada la noche, se escuchó un estridente maullido a lo largo y ancho del recinto. Hicieron sonar la alarma y contaron los reclusos. La celda 45 estaba vacía y un fuerte olor a orina de gato comprimía el aire hasta volverlo irrespirable. Indagaron a los presos de las celdas contiguas y cercanas; pero, como si la ceguera fuese algo contagioso, todos dijeron lo mismo: «no vimos nada». La falta de testigos fue determinante.

«El oficial que adoptó a la gata y sus crías contó que la gata madre quedó ciega ese mismo día y que murió poco más tarde. El director de la prisión dio orden de tapiar la celda 45 y hasta ahora no la han vuelto a abrir. Y, para contestar tu pregunta —dijo la vecina—, es por eso que hay tantos gatos ciegos en el pueblo. Porque siguen buscando al preso. Dicen que cuando lo encuentren, todos los gatos volverán a ver.»

la mala suerte

Luego que mi madre me contara comencé a tener sueños recurrentes en los que aparecía mi padre en el cuerpo de una vaca. Al revés de un minotauro. Tan nítido era el sueño que se me hizo cada vez me difícil acercar un trozo de carne a mi boca sin ver la cara de mi padre. Así fue como me hice vegetariana a los quince. Me gustaría decir que fue por ideología, pero estaría mintiendo.

A mi madre el asunto no le hizo ninguna gracia, yo ya estaba demasiado delgada y esto debió haberla angustiado. De todos modos, conociéndola, sé que lo que más le molestó fue el no poder darle una explicación a mi cambio y yo no me atreví a hacerlo tampoco. Alfonso, su pareja, que se alegraba más que nadie de que compartiéramos un buen asado, fue sin duda el que más se vio afectado. Nuestra comunicación pasaba mucho por ese asunto, y cada domingo si podíamos lo poníamos en práctica. Ahora no tenía con quién comentar el placer de la paciencia y la emoción de la degustación de costado. Tuvo la delicadeza, tan suya por cierto, de no hacerme sentir incómoda o rechazada. Lo aceptó sin preguntas con la misma flexibilidad y tolerancia con la que se había adaptado hacía ya años a ciertas costumbres de mi madre que estoy segura no le eran placenteras; así como acabamos todos por habituarnos, más tarde o más temprano, a las incongruencias propias y ajenas en la necesaria negociación cotidiana de la convivencia con los demás y con nosotros mismo.

(extracto de mi segunda novela)

Recortes

En determinado momento, allá por los veintipocos, decidí dejar de vivir a través de la escritura. De todos modos, la mente no me daba para convertirme en una intelectual y mi memoria, ya castigada por varias depresiones -cuyo origen no consiguieron diagnosticar hasta que cumplí los treinta-, no conseguía retener la información leída durante el tiempo suficiente como para sorprender a nadie con mis conocimientos. Saturada del cúmulo de horas de lectura y correcciones en soledad, de los monólogos mentales y los insomnios, y sentiéndome a la deriva temerosa de un futuro incierto, estaba segura de estar acercándome a la locura a pasos agigantados. Decidí quemar todos mis textos.

Mi cerebro viajaba en círculos concéntricos con los dos hemisferios en guerra continua. Estaba enfurecida por mi inteligencia de niveles normales, mi belleza de igual nivel, y a la vez no lograba disfrutar de las cosas de las que la gente normal disfrutaba. Solo el cine conseguía apartarme de las malas compañías: yo misma. La buena vida me superaba y la mala también. Así que tenía dos opciones. Felizmente opté por la segunda.  

Barr0

Pero si uno pudiera mostrar el alma como quien desnuda un brazo

_Tiempos de Abrazar, J.C.Onetti

Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro
He de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar

Si quiero me toco el alma
Pues mi carne ya no es nada
He de fusionar mi resto con el despertar
Aunque se pudra mi boca por callar

Ya lo estoy queriendo
Ya me estoy volviendo canción
Barro tal vez
Y es que esta es mi corteza
Donde el hacha golpeará
Donde el río secará para callar
Y es que esta es mi corteza
Donde el hacha golpeará
Donde el río secará para callar

Ya me apuran los momentos
Ya mi sien es un lamento
Mi cerebro escupe ya el final del historial
Del comienzo que tal vez reemprenderá