Textos

la mala suerte

Luego que mi madre me contara comencé a tener sueños recurrentes en los que aparecía mi padre en el cuerpo de una vaca. Al revés de un minotauro. Tan nítido era el sueño que se me hizo cada vez me difícil acercar un trozo de carne a mi boca sin ver la cara de mi padre. Así fue como me hice vegetariana a los quince. Me gustaría decir que fue por ideología, pero estaría mintiendo.

A mi madre el asunto no le hizo ninguna gracia, yo ya estaba demasiado delgada y esto debió haberla angustiado. De todos modos, conociéndola, sé que lo que más le molestó fue el no poder darle una explicación a mi cambio y yo no me atreví a hacerlo tampoco. Alfonso, su pareja, que se alegraba más que nadie de que compartiéramos un buen asado, fue sin duda el que más se vio afectado. Nuestra comunicación pasaba mucho por ese asunto, y cada domingo si podíamos lo poníamos en práctica. Ahora no tenía con quién comentar el placer de la paciencia y la emoción de la degustación de costado. Tuvo la delicadeza, tan suya por cierto, de no hacerme sentir incómoda o rechazada. Lo aceptó sin preguntas con la misma flexibilidad y tolerancia con la que se había adaptado hacía ya años a ciertas costumbres de mi madre que estoy segura no le eran placenteras; así como acabamos todos por habituarnos, más tarde o más temprano, a las incongruencias propias y ajenas en la necesaria negociación cotidiana de la convivencia con los demás y con nosotros mismo.

(extracto de mi segunda novela)

Recortes

En determinado momento, allá por los veintipocos, decidí dejar de vivir a través de la escritura. De todos modos, la mente no me daba para convertirme en una intelectual y mi memoria, ya castigada por varias depresiones -cuyo origen no consiguieron diagnosticar hasta que cumplí los treinta-, no conseguía retener la información leída durante el tiempo suficiente como para sorprender a nadie con mis conocimientos. Saturada del cúmulo de horas de lectura y correcciones en soledad, de los monólogos mentales y los insomnios, y sentiéndome a la deriva temerosa de un futuro incierto, estaba segura de estar acercándome a la locura a pasos agigantados. Decidí quemar todos mis textos.

Mi cerebro viajaba en círculos concéntricos con los dos hemisferios en guerra continua. Estaba enfurecida por mi inteligencia de niveles normales, mi belleza de igual nivel, y a la vez no lograba disfrutar de las cosas de las que la gente normal disfrutaba. Solo el cine conseguía apartarme de las malas compañías: yo misma. La buena vida me superaba y la mala también. Así que tenía dos opciones. Felizmente opté por la segunda.  

Barr0

Pero si uno pudiera mostrar el alma como quien desnuda un brazo

_Tiempos de Abrazar, J.C.Onetti

Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro
He de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar

Si quiero me toco el alma
Pues mi carne ya no es nada
He de fusionar mi resto con el despertar
Aunque se pudra mi boca por callar

Ya lo estoy queriendo
Ya me estoy volviendo canción
Barro tal vez
Y es que esta es mi corteza
Donde el hacha golpeará
Donde el río secará para callar
Y es que esta es mi corteza
Donde el hacha golpeará
Donde el río secará para callar

Ya me apuran los momentos
Ya mi sien es un lamento
Mi cerebro escupe ya el final del historial
Del comienzo que tal vez reemprenderá

Procesos absurdos

Algunos hombres deberían ser conscientes de que se deben a su don más que a sí mismos. Kafka, por ejemplo. Y por ello debería haberse casado, abdicar de sus presuntas dificultades de convivencia y dejar que alguna de las tres mujeres que amó, a su manera, a lo largo de su corta vida, estuviera allí para él (para nosotros) cuando se enfermó. Quizá hubiera aguantado unos años más. Unos libros más. Habría acabado El Proceso. ¿Con qué individual derecho lo hizo prometer a su amigo Max Brod que quemaría toda su obra si moría? Max hizo bien. E hizo bien Felice en vender las cartas que recibió de Franz.

Todos los que lo traicionaron hicieron lo correcto. La raiz del conflicto radica en la pregunta inútil acerca de la razón de la vida humana. Quizá algunos venimos a este mundo para tratar de encontrarnos a nosotros mismos. Otros, para ayudarnos a hacerlo. O para mostrarnos el camino a la perdición y obligarnos a buscar un retorno. O quizá para poder situarnos en situaciones incomprensibles. Como ahora, en este mundo del Covid que tiene todos los componentes del absurdo kafkiano. La cantidad de personas que aparentemente han venido a ayudarnos pero que resultaron ser totalmente impotentes frente a la situación, los cambios de dirección continua, las “metamorfosis” del virus, la incongruencia del aislamiento como cura que acaba por generar otras enfermedades y aumenta el nivel de locura.

Me pregunto de qué libro de Kafka habremos salido.

Clase de Yoga

Viernes por la mañana. Clase de yoga. Estamos ya al final de la sesión, los músculos distendidos, el cuerpo sobre el suelo en conexión con la tierra. Nada me preocupa, nada existe más que la sensación de unidad con la vida y mi conciencia. Estoy en paz, en calma. Soy. En el piso de arriba está la sala de pesas. Algún espécimen levanta más de lo que su cuerpo soporta. Eleva la barra hasta el pecho o por encima de los hombros, imagino, y colapsa. Tira la barra sobre el piso. El estruendo es tal que el piso tiembla. Puedo escucharlo y, sobre todo, sentirlo. El mantra sigue sonando por los parlantes de la profesora pero mi rostro ya no es el mismo. Siento la tirantez y la molestia en todo el cuerpo. En la sien sobre todo. La izquierda, donde suele concentrarse mi tensión. Intento concentrarme otra vez, nada me preocupa, nada existe, me digo. Otra vez el ruido y el temblor. Nadie dice nada. A la tercera, murmuro un insulto en español que nadie comprende. Mi cerebro se dirige a otros sitios. Imagino que la barra atraviesa el piso y le cae en la cabeza a alguien de la clase destrozándole el cráneo. Podría ser yo. La canción tibetana continúa Om mani padme hum, compasión y sabiduría. Pero yo ya estoy lejos. Ahora nada existe más que el deseo de acribillar al infame que infla sus músculos y me acaba de arruinar el día.

¿Profesión?: Agente literaria

Les traigo una noticia sensacional. Hace años que estoy trabajando con María José de Miguel, fundadora de MDM Agencia Literaria por mis libros y textos. Y a lo largo del tiempo se ha creado una relación espléndida, de confianza y cariño. De amistad. He tenido la suerte de que me ofreciera colaborar en la agencia. Y yo, ni tonta ni perezosa, acepté.

Esperé hasta hoy para anunciarlo porque quería estar segura de que era definitivo. Bueno, aunque seguro no hay nada y ya lo hemos aprendido todos de mal modo este año. Pero tengo la certeza de que este será un camino maravilloso (y una excelente excusa para viajar a España con asiduidad cuando se termine esta cosa horrorosa del COVID-19)

Al final, es todo aquello que no planificamos lo que parece darnos más placer o más dolor. En este caso, agradecida de que se trate de lo primero. Imagino que juega en grande el factor sorpresa. Siempre he dicho que para mí sería un arreglo perfecto si pudiera vivir leyendo. Y, quién sabe, quizá alguien haya escuchado mis agnósticas plegarias. ¡Que se agarren fuerte los de la Balcells!

Gracias por esta oportunidad.

Ocupaciones

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Nunca trabajé tanto como ahora que estoy sin trabajo. Estoy levantando una empresa de escritura profesional, me han ofrecido ser socia de otra empresa relativa al área de la literatura también (detalles en breve en ambos dos casos), he estado mejorando este blog, he publicado una segunda edición de mis dos libros en distintas tiendas virtuales, me encuentro trabajando en la corrección de un poemario que verá la luz en unos meses (me ayuda una maravillosa correctora uruguaya a la que le tomé un cariño inmenso), mantengo mis redes sociales lo más que puedo (no es demasiado, confieso que es lo que menos placer me causa), estoy acabando mis estudios en análisis de sistemas (desarrollando una aplicación) e investigando el tema de liderazgo para un ensayo que estoy escribiendo.

Tengo siempre una buena explicación de por qué no hago más ejercicio físico. A este ritmo, a los 60 no voy a poder mirar para los costados. El cuello me cobra tantas horas de computadora.

Mi viejo tenía razón. Yo necesito días de doble horario. Jamás me pudo convencer en hacer una cosa por vez. Cada principio de año era lo mismo. Yo me inscribía (o pedía al menos) en el club, en inglés, en clases de guitarra, danza moderna, cerámica de torno, canto y seguí contando. Y así fueron pasando mis años, entre aprendizaje y frustración. Siempre la misma historia.

A veces me pregunto si no hubiese tenido más “suerte” si me hubiera especializado en algo y sé que es una pregunta inútil. Mi suerte en realidad es que estoy tan ocupada en seguir aprendiendo e intentando cosas nuevas, que no me quedan minutos para hacerme preguntas idiotas.

Crime Minister

Protestas en Balfour, Jerusalem. Agosto, 2020 (Image: Getty Images)


Quieren robarnos

la idea de justicia, la esperanza

vernos vencidos, sumisos, agotados

silenciarnos a fuerza de pandemia

convencernos de que es por nuestro bien.

Las mismas tácticas de un mundo viejo

y agotado.

Nosotros venimos de eso, nos decimos,

sabemos por ende también a dónde vamos.

Somos extraterrestres, rebeldes, anarquistas

tanto apodo distinto nos han puesto

que han perdido noción de quiénes somos.

Yo en cambio vengo ahora a descubrirte

luego de tantos años de estar juntos

entre los versos de Brecht que ya no leo.

Y allí te reconozco, imprescindible.