¿Profesión?: Agente literaria

Les traigo una noticia sensacional. Hace años que estoy trabajando con María José de Miguel, fundadora de MDM Agencia Literaria por mis libros y textos. Y a lo largo del tiempo se ha creado una relación espléndida, de confianza y cariño. De amistad. He tenido la suerte de que me ofreciera colaborar en la agencia. Y yo, ni tonta ni perezosa, acepté.

Esperé hasta hoy para anunciarlo porque quería estar segura de que era definitivo. Bueno, aunque seguro no hay nada y ya lo hemos aprendido todos de mal modo este año. Pero tengo la certeza de que este será un camino maravilloso (y una excelente excusa para viajar a España con asiduidad cuando se termine esta cosa horrorosa del COVID-19)

Al final, es todo aquello que no planificamos lo que parece darnos más placer o más dolor. En este caso, agradecida de que se trate de lo primero. Imagino que juega en grande el factor sorpresa. Siempre he dicho que para mí sería un arreglo perfecto si pudiera vivir leyendo. Y, quién sabe, quizá alguien haya escuchado mis agnósticas plegarias. ¡Que se agarren fuerte los de la Balcells!

Gracias por esta oportunidad.

Ocupaciones

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Nunca trabajé tanto como ahora que estoy sin trabajo. Estoy levantando una empresa de escritura profesional, me han ofrecido ser socia de otra empresa relativa al área de la literatura también (detalles en breve en ambos dos casos), he estado mejorando este blog, he publicado una segunda edición de mis dos libros en distintas tiendas virtuales, me encuentro trabajando en la corrección de un poemario que verá la luz en unos meses (me ayuda una maravillosa correctora uruguaya a la que le tomé un cariño inmenso), mantengo mis redes sociales lo más que puedo (no es demasiado, confieso que es lo que menos placer me causa), estoy acabando mis estudios en análisis de sistemas (desarrollando una aplicación) e investigando el tema de liderazgo para un ensayo que estoy escribiendo.

Tengo siempre una buena explicación de por qué no hago más ejercicio físico. A este ritmo, a los 60 no voy a poder mirar para los costados. El cuello me cobra tantas horas de computadora.

Mi viejo tenía razón. Yo necesito días de doble horario. Jamás me pudo convencer en hacer una cosa por vez. Cada principio de año era lo mismo. Yo me inscribía (o pedía al menos) en el club, en inglés, en clases de guitarra, danza moderna, cerámica de torno, canto y seguí contando. Y así fueron pasando mis años, entre aprendizaje y frustración. Siempre la misma historia.

A veces me pregunto si no hubiese tenido más “suerte” si me hubiera especializado en algo y sé que es una pregunta inútil. Mi suerte en realidad es que estoy tan ocupada en seguir aprendiendo e intentando cosas nuevas, que no me quedan minutos para hacerme preguntas idiotas.

Anillo

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Hoy me llegó un anillo que compré por internet luego de mucho buscar. Quería que fuera dorado y ancho. Por fin encontré uno que me resultó atractivo. Creo que fue una cuestión más de nostalgia que de estética. No es que no sea un lindo trabajo artesanal, pero su fuerza pasó por otro lado.
Me recordó los envoltorios de chocolate y alfajores que yo, como tantos, tenía por costumbre separar. Me refiero a retirar la lámina dorada del papel blanco para alisar y luego envolverme con ella el dedo medio o el índice como si fuera un anillo. Entonces el papel me hacía sentir grande.
Ahora es al revés. Es el anillo el me lleva a la infancia. Es una anillo de compromiso, me digo. Porque una tiene compromisos también con sus recuerdos.