Procesos absurdos

Algunos hombres deberían ser conscientes de que se deben a su don más que a sí mismos. Kafka, por ejemplo. Y por ello debería haberse casado, abdicar de sus presuntas dificultades de convivencia y dejar que alguna de las tres mujeres que amó, a su manera, a lo largo de su corta vida, estuviera allí para él (para nosotros) cuando se enfermó. Quizá hubiera aguantado unos años más. Unos libros más. Habría acabado El Proceso. ¿Con qué individual derecho lo hizo prometer a su amigo Max Brod que quemaría toda su obra si moría? Max hizo bien. E hizo bien Felice en vender las cartas que recibió de Franz.

Todos los que lo traicionaron hicieron lo correcto. La raiz del conflicto radica en la pregunta inútil acerca de la razón de la vida humana. Quizá algunos venimos a este mundo para tratar de encontrarnos a nosotros mismos. Otros, para ayudarnos a hacerlo. O para mostrarnos el camino a la perdición y obligarnos a buscar un retorno. O quizá para poder situarnos en situaciones incomprensibles. Como ahora, en este mundo del Covid que tiene todos los componentes del absurdo kafkiano. La cantidad de personas que aparentemente han venido a ayudarnos pero que resultaron ser totalmente impotentes frente a la situación, los cambios de dirección continua, las “metamorfosis” del virus, la incongruencia del aislamiento como cura que acaba por generar otras enfermedades y aumenta el nivel de locura.

Me pregunto de qué libro de Kafka habremos salido.

Clase de Yoga

Viernes por la mañana. Clase de yoga. Estamos ya al final de la sesión, los músculos distendidos, el cuerpo sobre el suelo en conexión con la tierra. Nada me preocupa, nada existe más que la sensación de unidad con la vida y mi conciencia. Estoy en paz, en calma. Soy. En el piso de arriba está la sala de pesas. Algún espécimen levanta más de lo que su cuerpo soporta. Eleva la barra hasta el pecho o por encima de los hombros, imagino, y colapsa. Tira la barra sobre el piso. El estruendo es tal que el piso tiembla. Puedo escucharlo y, sobre todo, sentirlo. El mantra sigue sonando por los parlantes de la profesora pero mi rostro ya no es el mismo. Siento la tirantez y la molestia en todo el cuerpo. En la sien sobre todo. La izquierda, donde suele concentrarse mi tensión. Intento concentrarme otra vez, nada me preocupa, nada existe, me digo. Otra vez el ruido y el temblor. Nadie dice nada. A la tercera, murmuro un insulto en español que nadie comprende. Mi cerebro se dirige a otros sitios. Imagino que la barra atraviesa el piso y le cae en la cabeza a alguien de la clase destrozándole el cráneo. Podría ser yo. La canción tibetana continúa Om mani padme hum, compasión y sabiduría. Pero yo ya estoy lejos. Ahora nada existe más que el deseo de acribillar al infame que infla sus músculos y me acaba de arruinar el día.

Ocupaciones

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Nunca trabajé tanto como ahora que estoy sin trabajo. Estoy levantando una empresa de escritura profesional, me han ofrecido ser socia de otra empresa relativa al área de la literatura también (detalles en breve en ambos dos casos), he estado mejorando este blog, he publicado una segunda edición de mis dos libros en distintas tiendas virtuales, me encuentro trabajando en la corrección de un poemario que verá la luz en unos meses (me ayuda una maravillosa correctora uruguaya a la que le tomé un cariño inmenso), mantengo mis redes sociales lo más que puedo (no es demasiado, confieso que es lo que menos placer me causa), estoy acabando mis estudios en análisis de sistemas (desarrollando una aplicación) e investigando el tema de liderazgo para un ensayo que estoy escribiendo.

Tengo siempre una buena explicación de por qué no hago más ejercicio físico. A este ritmo, a los 60 no voy a poder mirar para los costados. El cuello me cobra tantas horas de computadora.

Mi viejo tenía razón. Yo necesito días de doble horario. Jamás me pudo convencer en hacer una cosa por vez. Cada principio de año era lo mismo. Yo me inscribía (o pedía al menos) en el club, en inglés, en clases de guitarra, danza moderna, cerámica de torno, canto y seguí contando. Y así fueron pasando mis años, entre aprendizaje y frustración. Siempre la misma historia.

A veces me pregunto si no hubiese tenido más “suerte” si me hubiera especializado en algo y sé que es una pregunta inútil. Mi suerte en realidad es que estoy tan ocupada en seguir aprendiendo e intentando cosas nuevas, que no me quedan minutos para hacerme preguntas idiotas.

Crime Minister

Protestas en Balfour, Jerusalem. Agosto, 2020 (Image: Getty Images)


Quieren robarnos

la idea de justicia, la esperanza

vernos vencidos, sumisos, agotados

silenciarnos a fuerza de pandemia

convencernos de que es por nuestro bien.

Las mismas tácticas de un mundo viejo

y agotado.

Nosotros venimos de eso, nos decimos,

sabemos por ende también a dónde vamos.

Somos extraterrestres, rebeldes, anarquistas

tanto apodo distinto nos han puesto

que han perdido noción de quiénes somos.

Yo en cambio vengo ahora a descubrirte

luego de tantos años de estar juntos

entre los versos de Brecht que ya no leo.

Y allí te reconozco, imprescindible.

Caja Collage

(Thinking the box out of the box)

Era una caja de zapatos deportivos de mi hijo. El proceso de creación me tomó días. Sé que no es mucho, pero es más de lo que me ha llevado hacer mis collages anteriores. Me gusta la idea de guardar artículos de todos los días en una caja con motivos artísticos. Hay algo fascinante en el hecho de que una obra no esté colgada en una pared sino que sea la portadora de lo cotidiano, la que protege en lugar de ser la protegida. Ese intercambio de roles es una ruptura de paradigmas que me resulta significativa. Quizá sea incluso mi postura frente a los cánones establecidos, esa necesidad que siento tan gravemente por rearmar un mundo que cada vez comprendo menos.

Deudas

En un post que acabo de leer preguntaban qué libro cambió mi modo de pensar. Yo pienso que más que un libro, fue la secuencia de varios libros los que fueron marcando mi postura y mi filosofía de vida. Mi concepto de belleza fue marcado por poemas y narrativas. Pero mi formación intelectual -poca o mucha, no vengo a evaluarme ni compararme- está mucho más marcada por la lectura de ensayos y maestros. Entre los maestros que me enseñaron a pensar, mentores, siempre hablo de dos. Uno, Nelson, quien fuera mi profesor de historia. Y otra, María Esther Burgueño, profesora de literatura. Creo que ellos me enseñaron a cuestionarme el significado oculto de las cosas y desconfiar de los preconceptos. Con mis breves estudios de antropología aprendí el peso incalculable de la cultura en que vivimos y a maravillarme de esas cosas que damos por obvias como si fueran extrañas. Aprender a ver con ojos de extranjero. Eso me ha servido para aceptar la otredad y juzgar con menos rigidez. Y, por encima de todo, si tengo que hablar de libros no puedo hacerlo sin hablar de autores. Estoy en la obligación de nombrar a George Steiner y a Oriana Fallaci. Steiner me enseñó la belleza inconmensurable del pensamiento, el silencio, la música y el lenguaje. Fallaci, a poner en tela de juicio todo poder. Juntos, hicieron lo que soy hoy. A todos ellos me debo.

Conclusión

Prosiguiendo este círculo vicioso

que son los pensamientos, las ideas,

en un contexto absurdo por demás

de actividades cotidianas, sin futuro

mundanales/inútiles/profanas

de allí

bien lejos del escurridizo espíritu

me abarca el genial descubrimiento

de que a fin de cuentas

lo único que yo por siempre quise

es saber qué carajo es lo que quiero.