Añoranza

Tres años, viejo, y todavía espero que vengas a recibirme cuando voy por tu casa.  No fui ayer al cementerio. No solo porque vos no creías en toda esa cuestión de los entierros y las lápidas, sino porque prefiero ir por allí el día de tu cumpleaños. Y sí, nada me impide ir dos veces al años o ir todas las semanas. Pero como en muchas otras cosas, resulta ser que también en eso me parezco a vos: no siento ninguna cercanía con el mármol y la tierra ya te convirtió en otra cosa. En todo caso, como tan acertadamante dijo hoy tu otro hijo, el argentino, estás mucho más presente en las plantaciones del kibbutz adonde llevabas a tus nietos de la mano y de donde regresaban triunfantes con una gran provisión de naranjas.

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