Día

La rebelión consiste en mirar una rosa
hasta pulverizarse los ojos

A.Pizarnik

Vivo por día, porque ya sé de sobra que es mejor así. Hay días que acaban y me digo (y lo digo en voz alta para quien quiera oírlo) “hoy tuve un buen día”. Y lo acompaño con una sonrisa satisfecha y sincera. Me sirvo una copa de vino tinto, agarro un libro y leo un cacho.
Hay otros, como hoy, que preferiría olvidar. Me digo y lo digo en voz alta para quien no quiera escuchar también. Se lo digo a mi hijo y me dice que sabe perfectamente de qué le estoy hablando. A los dieciseis años uno ya debe saber lo que significa tener un mal día, sin duda, para no convertirse en un imbécil. Le pido que me diga algo lindo. No se asusta como antes. Le doy tiempo para pensarlo. Me voy al gimnasio y el cuerpo no me responde igual que siempre. Estoy agotada, las piernas no colaboran.
Cuando regreso le recuerdo a mi hijo que espero. (Qué acertado el verbo esperar en español, uno tiene la esperanza de que eso que ansiamos o necesitamos ocurra mientras aguarda. En hebreo no tiene la misma correlación.) Le cuesta, obviamente. Pero no cedo y me pregunto si es correcto lo que estoy haciendo, tanta presión en un adolescente… Cuando estoy por decirle que lo deje, que no importa, consigue regalarme una sola frase. No hace falta más que eso a veces, unas pocas palabras, para traer consuelo. O una mirada, un abrazo. Ya me siento un poco mejor.
Se lo digo a mi marido aunque no haga falta que le diga nada, por el placer de decir que tuve un día de mierda. Sabe lo que necesito. Tiene un magnífico playlist de jazz y blues que efectivamente hace lo suyo en mi estado mental. Mientras escucho música tirada en un sillón del living descansando el alma, recibo un email que me regala una sonrisa satisfecha y sincera, como la de los buenos días. Porque el día se ha tornado de pronto en eso.
Me sirvo un poco de vino tinto, agarro un libro de Pizarnik, leo un cacho y escribo estas líneas.

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