Batallas

Salgo de la habitación y los encuentro
apoyados contra la pared a mis fantasmas.
Sus dedos sin huellas dactilares
no dañan la pintura. Me ven y se retrepan
en el sillón más ancho
los pies enormes sobre la pequeña mesa.
Tienen hambre y les ofrezco
dos trozos de pastel recién horneado.
Prefieren mis entrañas de alimento.
Si acaso al menos eligieran mi cerebro,
el pensamiento en bucles.
Están allí, cercanos, mis poetas. Se lanzan
de la biblioteca abiertos. Comienza la batalla.
Yo vomito y libero mi desasosiego en parte
y débil ahora me abandono
a preguntas que nunca he formulado
a fórmulas que nunca he comprendido.
(Los números complejos se esconden en las raíces. 
Allí también se refugia la ternura más amada.)
Relegar las palabras que no me he perdonado,
eso quiero. Aliviar esta urgencia 
del paso anodino. 
No soy tierra ni polvo apenas barro como mi padre. 
Mi padre que pocos días antes de morir 
quiso entender y preguntó y agradeció.
No puede un agradecimiento ser tan triste
ni venir cargado de tal remordimiento
sin hundirte en la culpa.
No lo pudiste salvar de sus fantasmas.
La última cena fueron sus ojos azules
clavados en la memoria. Ahora es mi turno.
Me disputan mis aliados y enemigos,
poetas y fantasmas de mi profana creación.
Me alejo de tema y siempre retorno a los mismos,
tatuada e imborrable mi frágil fortaleza.
Otros han dicho quién soy mucho mejor que yo misma.
Recuerdo que una vez me dedicó unos versos
un chico perseguido por sus bestias.
Nunca supe qué fue de sus entrañas,
si yo me las llevé aquella mañana
durante una visita inadecuada,
apoyada contra una pared blanca tampoco dejé huella.
Los poemas y los textos deben medirse en la boca, dijo
y leyó:
“Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li.Ta” *
Ahora en cambio esta seguridad tan neutra,
la cobardía, la duda sin sorpresa.
La que no supe ser reclama sus memorias. 
He oído a otras mujeres hablar del comienzo 
cuando ya nadie depende de una ni una misma.  
Tuvieron las sabiduría de no darme consejos.
Tan solo su sonrisa
sincera, feliz, recuperada, convertida en amuleto.
Ya se van y tengo sueño.  Un verso
me sigue y se acomoda 
donde el colchón se hunde bajo el peso de mi cuerpo.

* comienzo de la obra Lolita, Vladimir Nabokov