El preso de la celda 45

«Éramos como hombres que a través de un pantano
de inmunda oscuridad a tientas van.
No osamos murmurar una plegaria
ni tampoco alentamos nuestra angustia,
algo muerto se encontraba en nosotros
y eso muerto era la Esperanza.»

Balada de la cárcel de Reading, Oscar Wilde

Dicen que en una celda las dimensiones, tal como las conocemos, se ven alteradas por la falta de espacio y la prolongación del tiempo. También oí decir que la soledad extrema nos acerca a las bestias. Corroboré ambas observaciones cuando me contaron la historia del preso de la celda 45 pocos meses después de mudarme aquí. Mi vecina me habló de él a causa de una pregunta que le hice.

«Todo empezó por una gata que se metió en su celda cuando estaba en el sector común con el resto de los reclusos. Estaba completamente prohibido tener animales en la cárcel; pero el preso de la celda 45 decidió no cumplir con la regla y escondió a la gata. Dicen que la escondía entre las sábanas, o en el inodoro, o debajo de su catre. Según la hora del día. Y la gata no aullaba, como si supiera que abrir la boca le habría costado la vida. O tal vez era muda, eso no lo sé. A los efectos, es lo mismo: la gata guardó silencio.» El preso comenzó a bajar de peso rápidamente. Lo llevaron a la enfermería. El médico no encontró motivo alguno de alarma. Dijo que el preso de la celda 45 estaba en relativo buen estado de salud y dio el diagnóstico por definitivo. Así que lo devolvieron a su celda y continuó bajando de peso.

La gata, en cambio, estaba cada día más gorda. El preso creyó que su aumentado volumen se debía al exceso de comida. Pero una madrugada la gata tuvo crías. Y el preso, que no había visto gato a la redonda, lo consideró un milagro. El problema fue que las crías no eran mudas ni tampoco supieron comprender la situación a tiempo. El maullido alertó a los carcelarios y el centro penitenciario dio orden de desalojo inmediato a los siete cuadrúpedos (seis crías y la gata-madre).

La historia no habría pasado de allí si el preso de la celda 45, condenado a cadena perpetua por doble homicidio, hubiese aceptado la situación. Pero la cosa no ocurrió así: se opuso a la extradición de los felinos como si fueran su familia. La gata fue deportada de la prisión a la Asociación Protectora de Animales junto con sus crías (según se comenta, uno de los carcelarios que estaba al tanto de lo sucedido, conmovido por las circunstancias, decidió adoptarlos días más tarde) y el preso de la celda 45 fue castigado a dos días en la mazmorra por desacato.

«Dicen que cuando regresó a su celda ya no era el mismo, que desde que le quitaron la gata no volvió a ser el de antes, que ya no se comunicaba con nadie, que empezó a perder el equilibrio mental y que, cuando le hablaban, cerraba los ojos con fuerza como si quisiera desaparecer. Murmuraba cosas extrañas, inentendibles. Otras veces se quedaba largas horas sentado en su cama, acariciando la vieja frazada con la que había escondido a la gata durante el tiempo que compartieron celda. Lo volvieron a llevar a enfermería y el médico volvió a decir que estaba en buen estado de salud. ‘¡Pero si hasta ha aumentado de peso!’, dijo. Y dijo que no había ningún inconveniente en enviarlo de regreso a su celda», continuó la vecina.

La confirmación de que el médico se equivocaba tuvo lugar durante un almuerzo. A la vista de todos, el preso de la celda 45 se arrancó los ojos con una cuchara. La pregunta es cómo alcanzó a quitarse los dos antes de que alguien lo detuvieran. Porque quitarse un ojo sin que los demás se percaten antes es una cosa, pero quitarse los dos ya pone en duda la condición humana de los observadores. Tras unos días de recuperación en que permaneció en el hospital, regresó a la prisión ciego.

Días más tarde, ya entrada la noche, se escuchó un estridente maullido a lo largo y ancho del recinto. Hicieron sonar la alarma y contaron los reclusos. La celda 45 estaba vacía y un fuerte olor a orina de gato comprimía el aire hasta volverlo irrespirable. Indagaron a los presos de las celdas contiguas y cercanas; pero, como si la ceguera fuese algo contagioso, todos dijeron lo mismo: «no vimos nada». La falta de testigos fue determinante.

«El oficial que adoptó a la gata y sus crías contó que la gata madre quedó ciega ese mismo día y que murió poco más tarde. El director de la prisión dio orden de tapiar la celda 45 y hasta ahora no la han vuelto a abrir. Y, para contestar tu pregunta —dijo la vecina—, es por eso que hay tantos gatos ciegos en el pueblo. Porque siguen buscando al preso. Dicen que cuando lo encuentren, todos los gatos volverán a ver.»