la mala suerte

Luego que mi madre me contara comencé a tener sueños recurrentes en los que aparecía mi padre en el cuerpo de una vaca. Al revés de un minotauro. Tan nítido era el sueño que se me hizo cada vez me difícil acercar un trozo de carne a mi boca sin ver la cara de mi padre. Así fue como me hice vegetariana a los quince. Me gustaría decir que fue por ideología, pero estaría mintiendo.

A mi madre el asunto no le hizo ninguna gracia, yo ya estaba demasiado delgada y esto debió haberla angustiado. De todos modos, conociéndola, sé que lo que más le molestó fue el no poder darle una explicación a mi cambio y yo no me atreví a hacerlo tampoco. Alfonso, su pareja, que se alegraba más que nadie de que compartiéramos un buen asado, fue sin duda el que más se vio afectado. Nuestra comunicación pasaba mucho por ese asunto, y cada domingo si podíamos lo poníamos en práctica. Ahora no tenía con quién comentar el placer de la paciencia y la emoción de la degustación de costado. Tuvo la delicadeza, tan suya por cierto, de no hacerme sentir incómoda o rechazada. Lo aceptó sin preguntas con la misma flexibilidad y tolerancia con la que se había adaptado hacía ya años a ciertas costumbres de mi madre que estoy segura no le eran placenteras; así como acabamos todos por habituarnos, más tarde o más temprano, a las incongruencias propias y ajenas en la necesaria negociación cotidiana de la convivencia con los demás y con nosotros mismo.

(extracto de mi segunda novela)