Recortes

En determinado momento, allá por los veintipocos, decidí dejar de vivir a través de la escritura. De todos modos, la mente no me daba para convertirme en una intelectual y mi memoria, ya castigada por varias depresiones -cuyo origen no consiguieron diagnosticar hasta que cumplí los treinta-, no conseguía retener la información leída durante el tiempo suficiente como para sorprender a nadie con mis conocimientos. Saturada del cúmulo de horas de lectura y correcciones en soledad, de los monólogos mentales y los insomnios, y sentiéndome a la deriva temerosa de un futuro incierto, estaba segura de estar acercándome a la locura a pasos agigantados. Decidí quemar todos mis textos.

Mi cerebro viajaba en círculos concéntricos con los dos hemisferios en guerra continua. Estaba enfurecida por mi inteligencia de niveles normales, mi belleza de igual nivel, y a la vez no lograba disfrutar de las cosas de las que la gente normal disfrutaba. Solo el cine conseguía apartarme de las malas compañías: yo misma. La buena vida me superaba y la mala también. Así que tenía dos opciones. Felizmente opté por la segunda.