Procesos absurdos

Algunos hombres deberían ser conscientes de que se deben a su don más que a sí mismos. Kafka, por ejemplo. Y por ello debería haberse casado, abdicar de sus presuntas dificultades de convivencia y dejar que alguna de las tres mujeres que amó, a su manera, a lo largo de su corta vida, estuviera allí para él (para nosotros) cuando se enfermó. Quizá hubiera aguantado unos años más. Unos libros más. Habría acabado El Proceso. ¿Con qué individual derecho lo hizo prometer a su amigo Max Brod que quemaría toda su obra si moría? Max hizo bien. E hizo bien Felice en vender las cartas que recibió de Franz.

Todos los que lo traicionaron hicieron lo correcto. La raiz del conflicto radica en la pregunta inútil acerca de la razón de la vida humana. Quizá algunos venimos a este mundo para tratar de encontrarnos a nosotros mismos. Otros, para ayudarnos a hacerlo. O para mostrarnos el camino a la perdición y obligarnos a buscar un retorno. O quizá para poder situarnos en situaciones incomprensibles. Como ahora, en este mundo del Covid que tiene todos los componentes del absurdo kafkiano. La cantidad de personas que aparentemente han venido a ayudarnos pero que resultaron ser totalmente impotentes frente a la situación, los cambios de dirección continua, las “metamorfosis” del virus, la incongruencia del aislamiento como cura que acaba por generar otras enfermedades y aumenta el nivel de locura.

Me pregunto de qué libro de Kafka habremos salido.

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