Diciembre

Mi madre no tenía la sonrisa fácil, pero ese día rio con ganas y es uno de mis más lindos recuerdos. Era una mujer de ritos y manías. Por ejemplo, fines de diciembre. Resultaba totalmente inadmisible comenzar un nuevo año sin deshacerse de los restos del anterior. “Lo que no se usa dos o tres años, se va de mi casa”, decía. Ocurría que luego de deshacerse de algún objeto se lamentaba a los pocos días pues lo más probable era que entonces le hiciera falta. Y ya era tarde. Entonces maldecía su mala suerte con palabras que yo adoraba escuchar de su boca pues eran escasas las oportunidades en las que se permitía un insulto o consentía soltar su lengua a gusto, dejando adivinar cierta pasión oculta, la sangre que corría por sus venas, que yo intuía y ella luchaba por mantener bajo llave, como si se pudieran almacenar también los sentimientos, clasificarlos, ordenarlos, sacarles el polvo y hasta regalarlos. Entonces juraba que ya no volvería a tirar nunca más nada y esa promesa le duraba exactamente trescientos sesenta y cinco días si no era año bisiesto. Algunas cosas se las llevaba Alfonso para la gente del campo, otras se donaban y muchas acababan en la basura. Era incapaz de cumplir su promesa y volvía a hacer lo mismo cada año como si alguien le cobrara por metraje el espacio que ocupaban en casa que, además, hacía tiempo le pertenecía a ella y no al banco.